Si pensamos en las ciudades más grandes del mundo, seguramente nos imaginemos imponentes rascacielos de acero, aparcamientos de hormigón y aceras atestadas de multitudes mirando escaparates. Combinados, son los ingredientes perfectos para crear una isla de calor urbana.
Esto se debe a que, durante el día, las superficies oscuras, tales como el asfalto, actúan a modo de “esponjas de calor” absorbiendo mucha más radiación solar que las superficies claras. Al mismo tiempo, los edificios altos impiden que pase el viento y ofrecen a la luz del sol muchos lugares en los que reflejarse. Al caer la noche, todo ese calor acumulado se va liberando lentamente, sumándose al calor residual que desprenden los miles de aparatos de aire acondicionado que los habitantes de las ciudades necesitan para protegerse de las altas temperaturas.
“Todo esto viene a decir que en nuestras ciudades no refresca por la noche tanto como debería,” explica la Dra. Ariane Middel, profesora adjunta de la Universidad Estatal de Arizona (ASU). Hace años que investiga y realiza simulaciones del calor urbano como parte del grupo de investigación climática The SHaDe Lab. La inmensa mayoría de su trabajo se centra en Phoenix, una ciudad que pronto podría volverse inhabitable debido al cambio climático, exacerbado por el efecto isla de calor urbana.
“Es un problema del que cada vez son más conscientes en los gobiernos municipales —afirma David Hondula, profesor adjunto de la ASU y director de la Oficina de Respuesta y Mitigación del Calor para la ciudad de Phoenix, el primer departamento de este tipo financiado con fondos públicos en Estados Unidos—. Lo que sigue sin estar claro es quién es responsable de hacer frente al reto que plantea el calor en nuestras ciudades”.
A Hondula y su equipo se les ha encomendado la misión expresa de luchar contra el calor extremo en la ciudad antes de que sea demasiado tarde. Entre algunos de los proyectos más recientes se encuentra el programa municipal piloto “Cool Pavement”, realizado en colaboración con la ASU. Dicho proyecto reveló que las capas de asfalto reflectante, en comparación con el asfalto tradicional, reducían la temperatura superficial media entre 5,8 y 6,6 grados centígrados al mediodía y durante las primeras horas de la tarde.
Luchar contra el calor extremo es algo que cualquier gobierno municipal con dos dedos de frente debería estar haciendo, y cuanto antes, mejor: se prevé que la población urbana sea el doble de la actual en 2050. A nivel mundial, casi siete personas de cada diez vivirán en ciudades; como consecuencia, habrá cada vez más comunidades en peligro, a medida que el cambio climático genere olas de calor cada vez más extremas.
La buena noticia es que las urbes se muestran dispuestas a trabajar: muchas están buscando soluciones transdisciplinares al problema.
Septiembre de 2022 marcó la primera congregación de responsables municipales de la lucha contra las altas temperaturas (CHO, por sus siglas en inglés) de ciudades de todo el mundo, organizado por el Adrienne Arsht-Rockefeller Foundation Resilience Center del Atlantic Council, punta de lanza de la organización internacional denominada Extreme Heat Resilience Alliance (“alianza por la adaptabilidad al calor extremo”). En este evento, un grupo formado íntegramente por mujeres de la política puso en común los desafíos que supone adaptarse a la dura realidad del cambio climático. El evento también coincidió con la publicación de un informe elaborado por esta organización sin ánimo de lucro, titulado “Hot Cities, Chilled Economies: Impacts of Extreme Heat on Global Cities” (“Ciudades calurosas, economías congeladas: el impacto del calor extremo en las ciudades globales”). El informe examina el impacto del calentamiento global en 12 grandes áreas urbanas. Si bien algunas ciudades van más adelantadas en cuestión de mapeo y análisis, todas están igualmente centradas en expandir infraestructuras de enfriamiento, haciendo especial hincapié en microparques y doseles arbóreos.